No creo en dios #1
Comienzo con la siguiente negación, que me parece tan ridícula como cualquier otra negación de algo inexistente:
“Niego la existencia de dios. No del “Dios” cristiano, sino de lo que en cualquier religión, doctrina, secta o similar, se considere como ser creador, ser superior o ser último”
He sido criado en el cristianismo, aunque conozco el dogma de las otras religiones mayoritarias. A lo largo de este texto me referiré en la mayoría de las ocasiones a conceptos que se pueden relacionar fácilmente con el cristianismo, pero que considero generales a todas las religiones o al menos, se puede encontrar un símil en sus ejemplos, escrituras o historias.
Esto no intenta ser un texto historiográfico o teórico sobre la existencia o no del ser, puesto que no puedo argumentar la inexistencia ya que en sí misma queda resuelta, pero aceptaré que hay gente a la que he de indicar las razones o la evolución de mi pensamiento para con este tema.
Lo primero que se me ha ocurrido para desarrollar esta idea; para una presentación de quién soy, es la relación y antecedentes que he tenido con el concepto de dios, fe y religión.
Como he indicado al comienzo del texto, fui educado en el cristianismo. Esto puede llevar a pensar que en mi casa se iba a misa o me enseñaron a temer a mis propios pensamientos o acciones, no. Me criaron en una casa con un creyente no practicante del cristianismo enseñado en pueblos y barrios de España a los padres de los baby boomers, y con una autodenominada atea, que más tarde podría identificar como agnóstica puesto que cree en la suerte, destino y karma –sí, este tipo de cosas son parte de una creencia en algo superior que supedita tu vida--. Fui a colegio católico del movimiento avemariano cristiano, el opus de los pobres; después a la Asunción, monjitas de las que a los rojos de palo les gusta llamar “progres”, pero que se quedaban con las donaciones de comida buena en las campañas del DOMUND.
Como todo niño, mi fe se centraba en los reyes magos, papa noel, el ratoncito Pérez y Dios (cristiano). Esta primera etapa era sencilla, en clase nos llevaban a misa, teníamos religión y todas las primeras horas rezábamos el padre nuestro, el Dios te salve María y una tercera coletilla que ahora no recuerdo. Lo importante de esta época son dos hechos que reflejan mi fe en esa época:
- Mi abuelo falleció a mi tierna edad de dos años, a unas semanas de cumplir tres. En la oración de la mañana, levanté la mano para pedir que le dedicáramos la oración a mi abuelo, la profesora (Adela, monja) accedió sin problema y con entusiasmo. Repetí esta rutina durante días, semanas y meses, hasta que un día Adela me dijo que ya era suficiente y que mi abuelo estaba en el cielo y que ya se acabará todo los días lo mismo. (Aprovecho este párrafo para aclarar que mi abuelo era la persona más atea que habían conocido en mi familia). Me dolió esa frase de la profesora, aún recuerdo las formas y el sentimiento de abandono que sentí; no me consolaba que mi abuelo estuviera en el cielo y me viera, quería dedicarle la forma con la que me habían enseñado que me comunicaba con el más allá (cuando miedo recuerdo en mi infancia en este peqeño análisis que hago ahora para escribir esto)
- He de aclarar para que se entienda mejor este hecho, que nunca he sido materialista, ni desde pequeño, ni hoy en día; he sido y soy caprichoso e impaciente, pero no he tenido especial apego por lo material o por tener más de lo que ya tenía (puta pobreza, qué asco de ricos).
Estábamos en la época de las primeras comuniones, por lo que tendríamos cerca de los 10 años. En una clase de religión que nos daba Cati (la monja directora a la que debo dedicarle un par de líneas de desprecio) y que decidió invitar al cura a hablarnos sobre la primera comunión. Este cura es Mario; este personaje es importante para la historia, si no os hablo de él, recordádmelo puesto que es de las primeras personas con las que discuto sobre religión. En esta charla que nos da Mario dice una frase que rezaba algo así como: “Si Jesús (Cristo) entrara ahora mismo en la clase y os dijera venid conmigo, tendríais que dejarlo todo e id con él como hicieron sus apóstoles”. La idea que intentaba plantear es la de fe ciega basada en una promesa de futuro (cuán peligroso me parece ahora puesto que los pederastas siempre usaban los mismos discursos que los curas…). Esta frase me marcó puesto que me hizo pensar que, en primer lugar, no dejaría mi vida y a mis padres y me iría con Jesús a nada, porque no entendía el por qué. En segundo lugar, que no haría la comunión puesto que esta frase la planteó como forma para que nos diéramos cuenta de lo que suponía comulgar.
Estas fueron las dos primeras ocasiones en las que la religión, la fe ciega que me habían inculcado, empezó a cojear sobremanera y a alejarme de su fin último.
La idea o el momento de inflexión para mis andaduras es cuando una chica muy amable (JGL) me explica qué es la República Española, el socialismo y los movimientos de izquierdas. Esto provocó mis siguientes opiniones y que, con lágrimas en los ojos, les dijera a mis padres que no creía en Dios.